Escritos de Rafael
VIAJE CICLOTURISTA 2009 | VIAJE CICLOTURISTA 2009 |
|
|
|
|
Las Batuecas y La Alberca, dos nombres que quedarán grabados para siempre en mi memoria, dos lugares tremendamente maravillosos, como ha sido el viaje cicloturista que he realizado en el puente del Pilar de este año 2009. Parece increíble que haya dentro de nuestro país lugares tan bellos como los que he visto. Podría enumerar algunos y seguro que se me quedan otros, ese Valle de las Batuecas alucinante, el Alto del Portillo inacabable, Las Mestas con el “tito Cirilo”, La Alberca, la Peña de Francia, Miranda del Castañar, Mogarraz, La Covatilla (ayysss…), Candelario… No era viaje de tres días, era para disponer de un mes para conocer esos pueblos, a sus gentes y a esos parajes. Turismo en bicicleta de 10 aventureros: Paco Fernández Duque, Curro Gordo Iglesias, José Enrique Díaz Lobo, Luis Álvarez Retamino, Sergio Lobo Ruiz, Julio César Piñero Montero, Mario Esteban Morilla, Cayetano Ortiz Prieto, Enrique Olivera Fernández y yo. Los nueve colaboraron y pusieron de su parte para, además de sufrir por esas carreteras, hacerme disfrutar pedaleando. Este año no hubo lluvia, ni granizos, pero sí una ración de estampas maravillosas que encandilaban nuestras retinas. Detalle y anécdotas que no se acabarían nunca de contar. En el pelotón había gente que ya había estado por esa zona y nos contaban maravillas. También decían que sería durísimo, que el Portillo tiene mucha “guasa”, la Peña de Francia te eleva a las nubes y la Covatilla te acaba “machacando”. Con todo eso tenía que prepararme para no desentonar. Después del Veleta, el verano, las vacaciones, la feria, todo contribuye a perder la forma (aunque este año poquita). Para llega al puente del Pilar y defenderme necesitaba entrenar duro, para lo que monté en el ático nuevo de mi casa, mi bici BH vieja en el rodillo. Ahora tenía que tener ganas y fuerza de voluntad para rodar allí. La verdad es que me animé bastante y me puse algo mejor. Puse en la bici ruedas de carretera porque íbamos a recorrer solo por asfalto, bueno eso me gustaba mucho. Como siempre Paco se encargó de planificarlo todo, eso ya era normal, nos hacía el planning del viaje y lo único que no nos detallaba era el número de calzoncillos que había que echar en la mochila. Lo demás todo. El día que deje de hacernos ese trabajo seguro que no viajamos… Pero bueno, vayamos por parte. De vehículos, la furgoneta de Luis donde se metían las 10 bicis con todo el equipaje y 3 personas. Los otros 7 en el coche de Paco, como siempre, el Kia Carnival haciendo kilómetros por toda España. Llegó el viernes esperado, el lugar de partida el bar de Curro, vengan bicis a la furgoneta y nos pusimos en marcha. Serían unas tres horas y media de carretera hasta Béjar, un viaje para mí ameno, ya que contando cosas y bromeando pasaban los kilómetros volando. Sobre las 9,30 de la noche llegamos a Béjar, al Hostal Argentino, que a esa hora era un lugar tranquilo y silencioso. Nos dejaron guardar las bicis en una cochera y el mochileo en las habitaciones. Reparto de habitaciones, compartiendo la mía con Curro y Cayetano. Nos dieron de cenar allí mismo, en el restaurante que había junto al hostal. No se podía trasnochar, había que madrugar porque nos esperaban tres días de infarto. Ya en la habitación, Cayetano no podía dormir con mis ronquidos, Curro lo intentaba, yo decía que no, que no roncaba. Dormido, pegué un salto tremendo cuando noté un almohadazo en mi cabeza. ¡Diosss…! ¡Qué susto!. Levantaba la cabeza mirando a un lado y a otro, pero no sabía quien de los dos era el que me atizaba. Me sacudieron de lo lindo. ¡Había que escuchar a Cayetano por la mañana! ¡Lo maldecía todo! Y con la boquita que tenía… Decía que no había pegado un ojo. La verdad era que yo no me escuchaba roncar, lógico, pero el también lo hacía. A las 8 de la mañana tocaba diana, había que prepararse, vestirse y hacer mochilas, la 1ª etapa nos iba a llevar hasta La Alberca ¡70 kms, casi ná!. 1ª Etapa: BEJAR – LA ALBERCA (70 kms.) Tocaba el estreno, preparación de mochilas y bicicletas, hacía frío. Buscamos un bar para desayunar y encontramos uno donde nos pusieron unas “revanás” tostaitas que se colaban con gusto. Nos pusimos en marcha saliendo de Béjar, la carretera asfaltada y muy buena, la dirección era Sotoserrano, pero antes pasamos por unos pueblecitos o aldeas con su encanto: Valdehijaderos, Hornajos de Montemayor, Colmenar de Montemayor, lo que más me sorprendía era la oscuridad de sus casas, la soledad de sus calles (o no vivía la gente), el silencio… tenían su encanto. Casi siempre se iba bajando, ya llegarían las alturas. Paramos para hacer fotos en un puente de postal, precioso, en el Valle de las Batuecas, alucinante, una maravilla de lugar. Como casi todos llevábamos cámara de fotos, el recital no lo superaba ni Reche en su estudio. En el pelotón llevábamos a dos novatos que tendrían que ser “bautizados” como mochileros: Mario y Cayetano. Ya se encontraría un lugar adecuado. Nos fuimos adentrando en el Parque Nacional de las Batuecas y la carretera ya se iba empinando. Recuerdo ese pueblo llamado Las Mestas, famoso por el “ciripolen”, un licor que preparaba el “Tito Cirilo” que lo hizo famoso allí, en su pueblo. Paramos para una degustación, era parecido al Bailey, pastoso y con alcohol. Julio Piñero compró una botella para el camino, yo me hubiera llevado otra, pero el problema era que había que transportarla en la mochila y bastante teníamos ya. No tengo palabras para describir ese Valle, con el río Batuecas corriendo, y allí arriba ya divisábamos lo que iba a ser nuestra primera batalla: el Portillo, con 19 kms. y el 4% de pendiente media, ¡vaya tela!. Pero antes de subir ese puerto de 1ª categoría, llegamos al Monasterio de las Batuecas; ¡un lugar maravilloso!. Ese fue el lugar elegido para los bautizos. Yo me había ofrecido para ser el “padrino” de Cayetano y Paco el de Mario. Comenzó la celebración, debajo de un puentecito, llené mi boto, el de Piolín que me acompañaba siempre en muchas gestas importantes como recuerdo a mis hijos. Allí bauticé a Cayetano, vaciándole el bote en la cabeza y poniéndole el nombre de “El Tigre de las Batuecas”. Un momento muy gracioso. Paco nombró a Mario como “El Globero Rociero”. No había tratado nunca a Mario, nos conocíamos de vista, pero me parecía un tío fenomenal, cojonudo y muy gracioso. Después de los bautizos nos tomamos unas botellitas de licor y algo de “ciripolen” que nos hicieron calentar motores. También saque de mi mochila una bandeja envuelta en papel, sin saber lo que era, me lo había preparado mi mujer como sorpresa. ¡Vaya pastelitos! ¡Fue una gozada de momento!. Tras unas ráfagas de fotos nos pusimos en marcha nuevamente, ahora venía nuestra primera prueba de fuego. Como siempre, cuando el grupo se estira, allá que me quedo el último, es mi sino. El Portillo era un puerto largo, donde algunas rampas duras serían del 7 u 8%, o sea que en condiciones normales se subía bien, el problema era subirlo con mochilas y con 60 kms. ya en las espaldas. ¡Lo pasé fatal! ¡Era interminable!, todo el mundo se fue hacia arriba, tan solo me quedaba tomármelo tranquilo y disfrutar del paisaje. ¿Disfrutar? Bueno, era un decir, podía mas el sufrimiento de ir solo y no saber cuantos kilómetros me quedaban. Ya me estaba pensando la “bronca” que le iba a echar a “mi ahijao” Cayetano, por no ayudarme y dejarme tirao como un perro… ¡Fue tremendo! Era de los puertos más difíciles que había subido. A falta de 2 o 3 kms. bajó a por mi José Enrique, comentándome que unos metros mas arriba iba Curro andando, ¿cómo? Me puse las pilas y tirando de mí casi lo alcanzo en la cima… Por fin llegué a los 1.240 metros que tiene El Portillo. ¡Qué barbaridad!. Luego nos reímos y comentamos la subida, todos decía que fue muy duro. Cayetano y Julio Piñero se habían lanzado ya en busca del pueblo de La Alberca, el final de etapa. Tras un descenso pronunciado llegamos al pueblo. Yo iba reventado, deseando coger una buena ducha y una buena cerveza, todo hay que decirlo. Pero a esto último se me adelantaron los dos listos, Julio y Cayetano, que ya estaban saboreando el zumo de cebada de la zona. El Hostal San Blas, donde íbamos a alojarnos, estaba en un lugar muy alto del pueblo, era un edificio antiguo y coqueto. Las bicicletas, tras quitarles las mochilas, al almacén del bar que había en el bajo. Después llegaba el reparto de habitaciones y claro, entre bromas y “cachondeo”, allá que saltaban Curro y Cayetano diciendo que preferían dormir en el almacén antes que soportar mis ronquidos. Nada, todo estaba hecho y la habitación triple ya tenía nombres y apellidos. Tras la ducha llegaba la comida y el paseo por el pueblo. ¡Vaya pueblo La Alberca! ¡Una maravilla! No estamos acostumbrados nosotros a ver esas casas y esas calles. Gastaría muchos folios describiéndolo, sinceramente, me encantó. Lleno de turistas haciendo fotos por sus calles, estrechas, tenebrosas, de película… ¡Cuantas cruces en las fachadas!. Tienen también un cerdo por el pueblo, recorre calles y plazas, todo el mundo lo toca y se hace fotos, ¡vaya personaje!. Lo engordan hasta que llega su hora, para luego poner a otro. Tradición. Cuando anochece contaban que sale por las calles una mujer mayor tocando una campanilla, en las esquinas, parándose a rezar. ¡Vaya tela! La vedad es que no me hizo mucha gracia cuando nos pusimos a correr buscándola, pero hubo que hacerlo. No me daba miedo, tan solo era pánico. ¡Cuánto misterio envolvía ese pueblo!. Aquella noche, pasamos unos ratos estupendos. Hablaba con mi mujer y mis hijos varias veces al día, los echaba de menos. Cenamos por allí, en un restaurante, para después coger la cama y descansar. El día había sido durísimo, pero solo era el comienzo, nos esperaba otra etapa al día siguiente de “cojones” (con perdón). Para dormir Cayetano se metía en los oídos unos tapones de algodón para no escuchar nada, pero ni por eso. Yo tenía mucha facilidad para dormirme pronto, y con el cansancio más aún, pero él… ¡ufff! Me despertaba maldiciéndome y dándome almohadazos, a los que yo respondía también, porque también hacía temblar la habitación. Curro se partía de risa escuchando la sinfonía. 2ª Etapa: LA ALBERCA - BEJAR (88 kms.) A las 8 de la mañana tocaba diana, empezaban a sonar las alarmas de los móviles. Cayetano volvía a maldecirme contando que no había pegado un ojo, para mí que exageraba un poco, pero bueno. Las mochilas las dejábamos preparadas y guardadas en el almacén del bar, hasta que volviéramos de subir la Peña de Francia, otra “tachuela” como aperitivo a esta etapita. Un buen desayuno y a dar pedaladas. Me había comprado una campanita con el famoso “botón charro” y la puse colgada al maletín de mi manillar, así me escuchaba el grupo y no me perdía, lo malo era que la oyeran los lobos y creyeran que era una “borrega descarriada”… Ese soniquete ya me acompañó el resto del viaje. Salimos de La Alberca y la carretera se puso ya “cachonda”, o sea que picando poco a poco hacia arriba. Me señalaban ya hasta donde había que subir. ¡No me lo podía creer! ¿Hasta aquel peñasco había que escalar? ¡Dios mío!. Mis piernas estaban algo tocadas del día anterior, pero no me encontraba mal. Antes de comenzar la subida tuvimos un contratiempo: ¡Curro se volvía al hostal! Le estaba doliendo la rodilla y no quería forzar. “El Secretario del Club del Cartílago” de momento, abandonaba. Nos esperaría para luego hacer el resto de la etapa hasta Bejar. Paco, como tenía bastante experiencia en aquella zona, había aconsejado que subir a la Peña de Francia podía ser opcional, porque había que volver a La Alberca. Yo quería hacerlo todo, hasta el último metro, ¡ojalá me acompañaban las fuerzas!. Llegaba el momento duro de ascender, era un puerto de 1ª categoría, donde lo más importante eran esos 8 kms. últimos. Esta vez tendría compañía, sí, a mi “ahijao” Cayetano, se le había iluminado la Virgen de la Sierra y decidió esperarme. ¡Bravo! Le prometí taparme la boca esa noche para dormir, y era de agradecer tener al lado alguien con quien hablar, porque las pedaladas las tendría que dar yo, de hablar ya se encargaría él, que era un fenómeno. El asfalto era estupendo, llevábamos muy cerca de Paco y a Mario, yo iba muy bien, cuando de pronto nos llegó por detrás un chaval, bueno de chaval nada, con 60 añitos creo, en bici de carretera, pero con una facilidad sorprendente. Nos saludó y se pegó a nosotros. Nos comentaba muchas cosas del lugar, era de El Maillo, un pueblo cercano a la Peña de Francia. La verdad era que se nos iba haciendo la subida amena y divertida con ese personaje. Decía que subía la Peña 80 o 90 veces al año, ¡Diosss! Tenía el record de subidas, nadie se conocía esa carretera como él, algunos baches hasta los había hecho pasando tantas veces. Fue radiándonos esos kilómetros que nos quedaban, iba como quería, paraba a beber y luego nos cogía otra vez. No recuerdo ahora su nombre, pero nos dio una tarjeta por si volvíamos por aquellos lugares, ya que tenía varios apartamentos para alquilar. ¡Cuánto me gustaría volver! Hasta planeaba volver algún día con las mujeres y niños, en plan relax, sería estupendo. De pronto se llego a un cruce, por la izquierda se bajaba a no sé dónde y por la derecha se subía hasta la Peña, por la cara oscura y sombría, donde el asfalto ya dejó de existir. Aún nos faltaban 3 kms., ya empecé a quedarme, como no. Cayetano me esperaba, el Maillo se largó, creo que sin sudar apenas. El resto del grupo estarían desesperados arriba. Los vimos a lo lejos, Cayetano me animaba, apenas ya unos 300 metros, cuando me puse por delante (bueno, me dejaron) apreté con todas mis fuerzas, quería llegar por delante y claro que lo conseguí, con su permiso… Me gritó ¡bravo!. Allí estaban todos, fríos, lo sentía, pero no pude hacer mas de lo que hice. Ahora llegaba el recital de fotos. Las vistas eran espeluznantes, maravillosas, recuerdo ese balcón donde hacías coincidir unos puntos con la vista y una flecha te señalaba Salamanca o Béjar. Me gustó el mirador. Entramos en la Ermita, con una Virgen muy oscura pero preciosa, cuyo nombre no recuerdo (lo siento). Todo rodeado de murallas y preparado para turistas. El lugar era fantástico, me recordaba al Monasterio de Tentudía. Tras despedirnos del hombre del Maillo, nos abrigamos para el descenso, pronunciado y peligroso y volver de nuevo a La Alberca. Todos se habían ido ya cuando comenzamos nosotros, tras la bajada, algo de llano y llegamos al Hostal. El personal estaba algo cabreado conmigo por el retraso, pero no pude hacer más, expliqué que cuando llego a lo alto de la Peña de Francia, también quiero hacerme fotos allí, era normal y lógico. Bueno, me vine debajo de momento, quedaban todavía muchos kilómetros de etapa y ya se me pasaría. Me alegraba ver a Curro que se encontraba mucho mejor. Comimos algo para reponer y a montar mochilas y puesta en marcha. El regreso a Bejar lo haríamos por otra carretera, íbamos en dirección a Mogarraz, otro pueblo típico de la zona, con calles empedradas, estrechas y realmente bonito. Son pueblos para quedarse unos días y disfrutar conociéndolos. Tras dejar Mogarraz llegamos a Miranda del Castañar. Si el anterior era precioso, éste lo era más. ¡Qué casas! ¡Qué calles! Eran pueblos antiguos pero con un encanto maravilloso. Buscamos un sitio para comer, habíamos comprado en una tienda unas empanadas que estaban “pa comérselas”. Paco y José Enrique ya conocían esos lugares, así que nos llevaban a los sitios del pueblo más bonitos. Elegimos para comer un parquecito donde pasamos un rato divertido. Yo estaba ya muy cansado, los kms. iban haciendo mella en mis piernas, pero aún nos quedaban unos 20 o 25 kms. de etapa. Como anécdota en la comida fue que vimos por allí un gatito pequeño, negro, maullando, y no se le ocurrió otra cosa a Julio Piñero que decir que se lo llevaba. Lo montó en las mochilas y le dio una vueltecita de “reconocimiento”, pero nada, el gato se tiró de la bici y escapó. ¡Qué cabecita tiene Julio!. De vez en cuando nos tomábamos un chupito del licor del Tío Cirilo, que seguía transportando en su mochila y cada vez quedaba menos. De nuevo en marcha, salimos de Miranda del Castañar, esa carretera sí tenia algo más de tráfico, habría que tener cuidado. Me encontré más animado, con poca fuerza pero sabiendo que quedaban pocos kilómetros hasta Bejar. En algunos momentos me ponía a tirar del grupo, entre risas y cachondeo, había que disfrutar haciendo algo el payaso, pero no sabía lo que me esperaba más adelante… La carretera ya no era tan llana, o sea, la cosa se ponía dura, como siempre, después de un puente viene una subida. Era una rampita muy llevadera. La gente comentó que subiríamos unos 3 kms. aproximados para llegar a San Cristóbal. Si el desnivel era así, encantao. Recuerdo que al comienzo de la subida le quité a Julio Piñero la botella del “ciripolen” para tomarnos unos traguitos en plena marcha, sin parar, decía que nos daba fuerzas, entre carcajadas de todos. A continuación me puse a tirar del grupo, con mucha fuerza. Unos me alentaban y otros me aconsejaban que levantara el pie porque lo podía pagar caro. Iba unos metros por delante, 30 o 40, sin saber lo que me quedaba. Cayetano siempre me criticaba que pegara esos tirones a tontas y a locas, para luego acabar “machacao”, espantando lobos, pero me gustaba arrear de vez en cuando, sacar fuerzas de donde no las había, ganar esos metros y disfrutar mirando hacia atrás viendo al grupo, para luego tener que “hacer la goma”… hasta que se rompiera. Como era lógico, llegaron por detrás y me dejaron. ¿Cuánto falta? Me decía que ya se divisaba el alto. ¡Dios! Me quedé solo y a sufrir. ¡Me habían engañado! ¡No eran 3 kms. de subida, sino 8! ¡Que barbaridad! El desnivel podría ser de un 4 o 5%, fácil, pero con 70 kms en las piernas y el ascenso a la Peña de Francia, todo era ya un castigo. Del grupo se quedó conmigo Enrique Olivera, no sé si para ayudarme o para tomar nota de mi testamento… El tampoco sabía lo que quedaba de ascenso, pero veíamos más arriba algunas casitas, una curva, otro curva, faltaba poco, ¡pero no acababa nunca! Yo ya echaba culebras por la boca, Enrique no solo me animaba, sino que me empujaba también, no se como tenía fuerzas para hacerlo, pero lo agradecía. Ya no llevaba agua y me sobraban hasta los dientes de los platos. ¡Vaya con el alto de San Cristóbal! El Portillo lo tenía ya olvidao y la Peña de Francia, un cachondeo, ahora tocaba eso, se me hacía una eternidad, sin final… Lo pasé tremendamente mal, como nunca, pero todo acabó en aquella cumbre, que me recordó el momento de gozo que siento cuando he culminado la cima del Veleta (y han sido 4, para quien no se acuerde). Sentados en el suelo, allí estaban todos, reponiendo fuerzas. Me acordé de las familias de cada uno de los 8, salvando, claro está, a Enrique Olivera, unos porque sabían de aquel “cuestón” y otros por seguir la corriente. Pero bueno, llegaron las bromas y los comentarios a esa subida de San Cristóbal. Ellos no eran de piedra y también había sufrido los suyo. Llené mis botes en un bar que había por allí, donde me tomé también una cocacola, tenía que recuperar para poder llegar a Bejar. Quedarían unos 12 kms., decía que todos llanos, pero ya no me fiaba ni un pelo. Puestos en marcha, Curro y Cayetano me acompañaban, charlando de todo cuanto estábamos viviendo. Pasamos por la “pancarta” de BEJAR 10 KM. ¡Uff… todavía 10 km.! En las mochilas parecía que llevaba dos niños chicos ahí metidos, cada vez pesaban más. Algunas veces perdíamos de vista al grupo, bueno ya me daba igual. Pero aún quedaba otra. De pronto llegamos a otra “pancarta”: BEJAR 19 KM. ¿Cómo? ¡Imposible! Juraba y perjuraba que habíamos pasado por la de 10 km. Me partía de risa, por no llorar, pero esa era “otra gracia” del grupete delantero. ¡Hasta cinta aislante negra llevaban en las mochilas! Querían engañarme convirtiendo la señal poniendo un 1 por delante. ¡Diossss…! ¡Lo que no se les ocurra a esta gente…! Yo iba tan ciego de cansancio que casi me lo creo. Es verdad, por momentos llegué a dudar. ¡Qué cabrones! (con perdón). Por fin llegamos a Bejar, gracias a Dios. Pero no fueron los 68 km. que teníamos marcado en nuestra hoja de ruta, sino 85 km. ¡Vaya tela! Les dije a todos que después de la ducha, daría una vueltecita por Bejar, con la bici, para estirar… Nuevamente nos alojábamos en el Hostal Argentino y Curro y Cayetano volvían a ser mis compis de habitación. Era domingo, salimos a comer algo y acabamos en un bar viendo al Betis, bueno, quien quisiera verlo, porque a mí, de verdad, no se me apetecía nada, pero respetaba a los 4 o 5 “verdolagas” que iban en la expedición. El otro bando, Mario, Julio, Enrique y yo, nada, como si nos ponen en la tele a Doraemon. Creo que hubo empate al final. Julio y yo no perdimos el tiempo y sí degustábamos “el zumo de cebada” de la zona. Esa noche nos acostamos pronto, llegábamos ya al último día y había que descansar porque todo había sido muy completito. 3ª Etapa: BEJAR – LA COVATILLA (30 kms.) 8:00 h. de la mañana, suenan las alarmas, Curro y yo pegamos un salto de la cama, miramos a Cayetano y nos partimos de risa. Estaba boca arriba, liado con las sábanas hasta la cabeza, recto, tan solo se le veía un poco la cara, parecía una momia, roncaba como un animal, ¡qué barbaridad!. Era tremendo el ruido que hacía. Le dije a Curro que era mi gran oportunidad, que tomara nota, que lo iba a grabar con el móvil para enseñarle como lo hacía. Pero antes de despertarlo llegó mi venganza, cogí la almohada y le “endiñé” con todas mis ganas, pegó un bote en la cama tremendo, ¡qué susto se llevó!. La verdad es que luego me arrepentí del almohadazo, porque del susto podía haberle ocurrido algo. Se levantó largando por su boca de todo, maldiciéndome, diciendo que llevaba ya tres noches sin dormir (y sin ser la Feria de Gerena)… Había llegado el último día y como remate al viaje había que subir La Covatilla, puerto de Categoría Especial, de 9 kms., estación de esquí, donde solo suben las vacas pastando, esquiadores con remontes y algunos escaladores en bicicleta, atrevidos en dos ruedas que desafían la naturaleza y el deporte extremo. Era un coloso de 1.960 metros de altitud, con rampas del 15%. Sería un reto importante y sabía que lo iba a pasar mal, pero echaría el resto, no me rendiría. Antes de encarar el puerto, desde Bejar, iríamos por una carretera siempre en ascenso, con lo que a la base de La Covatilla llegaríamos “calentitos”. ¡Vaya tela!. Sergio Lobo no se encontraba bien, tenía molestias y se encargaría de acompañarnos conduciendo la furgoneta de Luis, donde dejamos todas las mochilas, eso contaba a nuestro favor. Sería nuestro apoyo, ¡fantástico!. Aunque a Sergio le hubiera gustado subir en bici, él ya había estado por allí, en otra excursión. Desayunamos nuevamente en el mismo bar de la 1ª etapa, unos panecillos tostaos que estaban de lujo. No hacía frío aquella mañana. Nos pusimos en marcha saliendo de Bejar, con carretera en muy buen estado, pero siempre picando hacia arriba. Serían unos 10 l 12 kms. algo duros, ya que no se dejaba de subir; me quedaba muy atrás, no podía seguir el ritmo de todos. A veces Cayetano, a veces José Enrique, o alguno más, se quedaban un rato conmigo ayudándome. Lo necesitaba. Ya a lo lejos me iban explicando, divisando una montaña inmensa, cada vez mas cerca, ¡una pared majestuosa!. Miraba la ladera por donde había que subir ¡Dios! ¿Cómo era posible ascender en 9 kms. esa montaña? ¡Serían unos desniveles soberbios!. Claro que sí, esta gente estaba loca. Confundían el cicloturismo con la escalada, era terreno para Sebastián Álvaro, el de “Al filo de lo imposible”. Llegó el momento de parar, nos agrupamos junto a la furgoneta, soltamos ropa y peso, todo sobraría, la bicicleta pesaría más que nunca pero había que intentarlo. El coche con Sergio iría de “escoba”, recogiendo los trozos de ciclistas que fueran cayendo. También hubo un momento para hacernos alguna foto allí, justo antes de una “rampita” con curvita a la izquierda que no olvidaré en la vida… Pero había una anécdota importante, Julio Piñero había hecho una apuesta con Luis Álvarez que consistía en subir La Covatilla con plato grande. ¿Cómo? ¡Imposible! Julio no estaba bien de la cabeza, pero cojones y agallas tenía para regalar. Partía la cadena o se partía las piernas, cierto, estaba loco. Comenzó la batalla, llegó la hora de “achicharrarse”, esa primera curva, esa primera rampa, en segundos me quedé solo como la una. Puse plato chico, aunque me hubiera gustado usarlo como piñón atrás, ya no quedaban más. Haciendo eses empecé a subir, apretando como podía, avanzando metro a metro. Me acordé de La Pandera, donde casi reviento. No me importaba parar cuando me hiciera falta, aunque me pensaba subir a la furgoneta. A veces bajaba el porcentaje, las curvas eran paredes interminables. ¿Cómo iría Julio?. El paisaje era espeluznante. Como pude iba subiendo, el viento también azotaba, lo que faltaba. Hablaba con Sergio, me contaba lo que me quedaba y prefería no saberlo. ¡¡ Fue tremendo ¡! Agotado llegué arriba, estaban todos “helaitos” de frío, pero recuerdo allí a los nueve viendo mis últimos metros, gritándome, animándome… Fue maravilloso coronar, una experiencia inolvidable. Otro puerto en mi currículum. Mientras me abrigaba me contaron que Julio lo había conseguido. ¡Impresionante! No me lo podía creer. Llevó a José Enrique y Enrique Olivera como testigos y dieron fé. Ahora había que bajar con dirección a Candelario, otro pueblo precioso. Me dolían las piernas del esfuerzo. Cayetano me ayudó a llegar al pueblo, donde tomamos una cerveza (para variar), había que cobrarse la apuesta y pagaba Luis Álvarez. Llamaba a mi mujer y mis hijos, no tenía palabras para explicarle lo que estaba viviendo. En unas cuantas horas nos veríamos. En pocos kilómetros regresamos a Bejar, a la furgoneta, refrescarnos, cambiarnos y emprender viaje de vuelta a El Ronquillo. En el viaje contábamos anécdotas y sucesos, la verdad es que lo habíamos pasado fenomenal.
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!
Powered by !JoomlaComment 3.25
3.25 Copyright (C) 2007 Alain Georgette / Copyright (C) 2006 Frantisek Hliva. All rights reserved." |
|||||||||||||||||||||||||